domingo, 30 de enero de 2011

Mi Viaje Espiritual

El dios católico, al que yo adoraba, se marchó de mi corazón el '73.
Mis pláticas con El se situaban en el Sagrado Corazón de la calle
Prat, su presencia cuidó mi infancia. Esa iglesia era la morada
querida de los domingos o el solaz de las penas, el reino de los
milagros o de los arrepentimientos; yo esperaba feliz ese día en que
las filminas, las revistas de las "Vidas Ejemplares", la palabra de
los curas, la verdad de la biblia eran el sustento de mi fé. La
"manda" a la virgen de Lourdes, a propósito de alguna dolencia en mis
piernas, fue una vivencia importante, de la mano de mi madre y sus
peregrinaciones, el agua bendita y el vestidito blanco con cinta azul,
y las idas a Los Sacramentinos dejaron una huella en mi psiquis y en
mi devenir.
Una de mis últimas de mis exploraciones, como buena católica, en los
70's, fue el de ser parte de una comunidad cristiana de base, en esos
revolucionarios días de la Unidad popular, todo convertido en cenizas
perdida la conexión con el dios padre.Los ritos católicos, a los que
era tan asidua, especialmente el mes de María, por ese jolgorio en
torno a la madre de dios, se redujeron a las misas por los deudos de
la familia, uno que otro bautizo o algún casamiento.
El dios del amor, en el que creí durante mi niñez y adolescencia, no
podía existir y permitir tanta barbarie, tanta muerte, tanto horror
cotidiano. Mi adolescencia quedó sellada con esa cruda constatación y
el vacío profundo en mi corazón. Vacío, que visto en perspectiva, he
intentado resolver, a ratos infructuosamente, a ratos acertando en el
camino a seguir.
Post '73, las huelgas de hambres, siendo estudiante de psicología en
el pedagógico, mi labor con comunidades de sectores populares,
convertida en joven profesional, donde monjas y curas "por el
socialismo" (puesto entre paréntesis por las represiones) o
progresistas hacían su apostolado cotidiano; mi inserción en las
vicarías, especialmente la Oriente, para trabajar con jóvenes y
mujeres de las poblaciones de esa zona(Nuevo Amanecer, Villa
O'Higgins, entre otras), fueron el escenario en que las imágenes y el
verbo de mi pasado de católica resonaba como un eco lejano, con ese
aire de álbum de familia. Sólo que yo me había convertido en no
creyente, una atea que
conservaba la preocupación por el prójimo.
Así el espíritu vinculado a los misterios divinos desapareció, sólo
quedó el ancho mundo de los misterios terrenos, en un país atribulado
por la dictadura. Las urgencias y compromisos quedaron completamente
asilados en la lucha contra la opresión, a través del trabajo social y
el trabajo político en ese entonces.

En el periplo feminista que he vivido, desde los setentas cuando
descubrí a la de Beauvoir, en los 80s se convirtió en la
participación, en los Encuentros latinoamericanos y en las andanzas
feministas chilenas, en ese intento de conciliar el verbo democracia
en cualquier rincón. Al primero de los Encuentros al que fui, el de
Taxco, en el año '87, descubrí el antiguo panteón mexhica, el de los
náhuatl, en esas tierras del norte del continente. Una cosmología rica
en dioses y diosas con fuerte componente telúrico y natural, que
instaló a la Coyolxhauqui, como patrona de mi poesía y de la bitácora
de esos afanosos y dolorosos años bajo la dictadura, haciendo camino
arriba, camino abajo en los cerros del puerto. Una diosa desmembrada,
de la luna, por obra de su hermano, del sol. Las figuras divinas
comenzaban a tener otros sonidos internos, y entonces se prefiguraba
el intento de reconstituirse, incluida la espiritualidad, el cuerpo,
la emocionalidad, el estar –en-el-mundo.

"El ciclo de la Coyolxauqui
mi diosa para esta transfiguración...
En el centro de Tenochtitlán
aparecen, en la piedra rebelde
sus miembros, sus marcas rotas, su
tronco
ciclo masculino arrasándola
Águila sobre águila
Día 13 caña con el astro espantado
Día 4 orquídea con venus apostando
a la reconstrucción..."
En "Más allá del Umbral", 1988
En los '90s, retornada a Santiago, se mantuvo la completa lejanía de
los cultos católicos, lo que aún persiste. En esa década un hecho
significativo para mi particular sincretismo actual es mi experiencia,
de esas llamadas significativas, la vivida en Recife, en el nordeste
brasileño, en un candomblé, donde se me dijo, por la visión de una
mujer vieja, que era hija de Iemanjá, una de las más importantes
orishas del panteón yoruba en Brasil. Experiencia que se fue metiendo
bajo mi piel, como una dimensión nueva, desde la negritud, de conexión
con la presencia de otra forma de entender el mundo, de un viaje
espiritual en curso, en que a mis 50s convengo en que transito, sin
haberle puesto ese nombre, desde hace décadas.

"Iemanjá anda errante
dejada a la suerte de lo que acontezca,
errante,
sin hogar que la cobije después del laburo.
Iemanjá anda vagabunda,
lejana de sí
en este tránsito impensado,
el cuerpo pesado, los humores trastocados.
No hay mareas.
No hay rosas blancas.
No hay cosechas.
Solo el estar
en los estuarios"
En "Tiempo de mariposas o el devenir de Iemanja",2009
Y los orishas, dioses y diosas de candomblés y santería, con su rica
presencia, ponen notas de afroamericanidad en mi sincrética
cosmovisión del mundo, un mundo en que también los ritos a la madre
tierra me han interpelado profundamente, de las manos y ritos de
los(as) mapuches.
Asimismo, en la última década, el crecimiento personal que se
desarrolla bajo el alero de la escuela Personalidad y Relaciones
Humana(PRH), del sacerdote francés Rochais, que embebido de Rogers, de
pensadores católicos, entre otros, propone su psicopedagogía de
crecimiento como personas. Allí mi ser profundo se vuelve a despertar,
también mi ser vinculado a la espiritualidad. Ellos hablan de la
trascendencia no sólo ligada a la idea de dios, sino también a las
realidades de la Justicia, la dignidad de la persona, el amor, la
verdad, la belleza, entre otros valores. En mis palabras una realidad
en que el mundo sea justo y digno para cada persona.
Finalmente, sigo realizando un camino de búsqueda, de exploración
acerca del sentido de mi existencia y de mi lugar en esta tierra, en
que las moradas, al decir de Teresa de Avila, implican un esfuerzo
consciente de adentrarse en los aposentos internos, de lidiar con las
serpientes que cada ser humano tiene, en los que la divinidad está
presente, de mirar mi alma, expresión de las diosas(es) que se anidan
en mi espíritu y ser una con el universo, de volver a comprometerme
con las personas, más conscientemente, de poner un granito de arena
para cultivar un mundo mejor.
"Tuyas son las manos con las que ahora- Cristo- tiene que bendecirnos"
Teresa de Avila.
Santiago de Chile, julio 2009

Bajar: Viaje_espiritual1.pdf

Por Ana Cáceres
anacacer@gmail.com
La Ciudad de las Diosas

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